Vi el stand-up de Malena Pichot y ahora no puedo con el enojo que me provocó

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Vi el stand-up de Malena Pichot y ahora no puedo con el enojo que me provocó. Imagen: Netflix

Entusiasta de la música industrial y experimental, del horror, la ciencia ficción, los videojuegos y del buen beber. Editor de cine y entretenimiento de Daily Trend.

Hasta hace relativamente poco, los stand-ups no me interesaban; me parecían ejercicios que jamás cumplían su cometido — al menos conmigo — de arrancar carcajadas, y que solo me invitaban a cubrirme la cara de tanta pena ajena.

Pero entonces me pusieron, a regañadientes, los de Sofía Niño de Rivera y Carlos Ballarta de Netflix. Tremendas maravillas que me hicieron doblar de la risa, y con las que me nació un interés genuino por el stand-up. Sí existía gente hispanohablante que lo hacía bien. A partir de ahí he estado a la caza de recomendaciones y eventos.

Y entonces me pusieron el de Malena Pichot, llamado Estupidez compleja, también de Netflix.

No me hizo reír, nada. Ocurrió todo lo contrario: me hizo enojar, me indignó.

Pero esto no va en sentido negativo; de hecho, a su rutina sigo dándole vueltas en mi cabeza.

Lo que pasa con el especial de Pichot es que, desde su arranque, nos recuerda cuán imbéciles podemos ser los hombres cuando se trata de comprender y/o sensibilizarnos ante el feminismo.

Aclaro que, con respecto al feminismo, no sé cómo debo conducirme, pues si bien comulgo con los ideales de equidad por los que pelea, también siento que deja algunas áreas grises en las que no tengo idea de cómo proceder (la misma Pichot lo apunta en su rutina con aquello de “¿Le abro o no le abro la puerta del coche?”).

Pero la argentina me recordó que esa imbecilidad está tan generalizada, que incluso dentro de mis amistades — las mejores, las de toda la vida, las más entrañables – hay cretinismo y pensamiento retrógrado, de ese que está indispuesto a visualizar el panorama completo y que hace de una causa su burla cotidiana.

Ya enojado por identificar mi realidad más próxima, Pichot habla de quienes se oponen al aborto, exhibe un par de ejemplos, y no pude evitar apretar los dientes del coraje.

En uno de estos ejemplos, una persona le contesta a la standupera (con todo y faltas de ortografía): “y si es mejor usar forro (condón)?? Porque matar algo que no pidio nacer? Pienso yo porque ellos no pidieron que se habrieran las piernas.

En el otro, le escribieron “Los mismos por los que vos no estarías de acuerdo con que mientras dormís te envenenen o acuchillen sin preguntarte.

El siguiente movimiento de la rutina involucró proyectar fotos de niñas pequeñas que no saben ni hablar, jugando a ser mamás, paseando peluches en carriolas.

Quien no se dé cuenta de que hay un problema grave — y peor aún, que es de origen —, está sumergido en la ignorancia. Y luego volví a acordarme de mis amistades.

¿Cómo puedo provocarles un viraje de pensamiento con el que comprendan los ideales de equidad de género y los vuelvan parte de su realidad? Lo vi difícil.

Y cuando proyecté el escenario al panorama general, lo vi casi imposible. Queda un largo camino por recorrer.

Con la rutina de Pichot no reí. Terminé indignado y alarmado. Es obligado no solo verlo, sino ponérselo a esas amistades como las mías, que gustan de desvirtuar causas y de conformarse con ignorancias.

 

*Imágenes: Netflix.

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